Abandono, Negligencia y Maltrato

Síndrome de estrés postraumático.

El abandono y el maltrato infantil genera en los niños lo que se conoce como síndrome de estrés postraumático que conlleva una alteración neuroendocrina de forma crónica. El estrés agudo o traumático genera unos niveles muy elevados de cortisol, que dañan el sistema neuroendocrino encargado de adaptarnos al estrés. Aunque posteriormente bajen los niveles de cortisol, el daño provocado se traduce en un exceso de susceptibilidad frente a situaciones de estrés. La persona no tolera y, por tanto, gestiona mal, el estrés, no siendo capaz de enfrentar correctamente estas situaciones. Es lo que ocurre a algunos niños que, ante el estrés que les suponen los exámenes o las tareas escolares, tienen dificultades para concentrarse o incluso se quedan “en blanco”, suspendiendo a pesar de que conocen los contenidos. Si el examen se realizara en un ambiente menos estresante las notas serían mejores.
En la imagen vemos las diferencias entre los niveles de dopamina en un niño con y sin historial de abusos.

La dopamina es una sustancia química (neurotransmisor) que utilizan los nervios para enviar “mensajes”. Cuando un nervio libera dopamina, atraviesa un espacio muy pequeño llamado sinapsis y luego se une a un receptor de dopamina en el nervio siguiente. Por lo tanto, cuando los niveles de dopamina se agotan en el cerebro, los impulsos nerviosos, o “mensajes”, no se pueden transmitir correctamente lo cual puede afectar las funciones del cerebro: el comportamiento, el estado de ánimo, la cognición, la atención, el aprendizaje, el movimiento y el sueño.

 

Síndrome del bebé agitado

Uno de los maltratos más frecuentes que viven estos niños es el denominado “Síndrome del bebé agitado”, que sucede durante el primer año de vida, aunque sus secuelas pueden ser permanentes. Cuando alguien zarandea o sacude bruscamente a un bebé, por ejemplo, con la intención de que deje de llorar, la cabeza del niño rota de forma incontrolable al rededor del cuello debido a que los músculos de esta parte del cuerpo no están lo bastante desarrollados para sostener la cabeza. Un movimiento tan violento empuja al cerebro hacia delante y hacia atrás dentro del cráneo, debido a que el cerebro aún no ocupa toda la caja craneal, rompiendo, a veces, vasos sanguíneos y nervios cerebrales y desgarrando el tejido cerebral, todo lo cual puede provocar hematomas y hemorragias cerebrales.

La lesión puede ser mayor cuando el maltrato termina con un impacto (un golpe contra la pared, el suelo, un mueble o incluso algo suave como una almohada o el colchón de la cuna), debido a que las fuerzas de aceleración y deceleración asociadas al impacto son muy intensas. Después del episodio, la inflamación del cerebro provoca una enorme presión que puede producir derrames, roturas óseas, hipoxia y a nivel celular excitotoxicidad por glutamato, que posteriormente pueden producir en el niño irritabilidad, ansiedad, agresividad, problemas de alimentación, retraso del crecimiento, déficit intelectual, hipersensibilidad sensorial (al ruido, las luces, los colores, el tacto, etc.), trastornos del sueño, hiperactividad y dificultades en el habla y los aprendizajes escolares, problemas de memoria y atención, ceguera parcial, pérdidas auditivas e incluso parálisis cerebral.

Hasta en los casos más leves, donde los bebés parecen normales inmediatamente después de que alguien los zarandee, a la larga, los bebés pueden acabar desarrollando uno o más de estos problemas. A veces el primer signo de que hay un problema no se detecta hasta que el niño entra en el sistema escolar y presenta problemas de comportamiento y/o trastornos de aprendizaje.

En la imagen vemos la diferencia entre el cerebro de un niño de 3 años normal y el de otro que ha sufrido negligencia extrema.

Tener presente estas posibles circunstancias en las trayectorias vitales de algunos menores adoptados, que proceden de familias donde han sufrido abandono, negligencia o maltrato, es fundamental para que el sistema educativo no sea injustamente punitivos con ellos, teniendo expectativas y demandas, tanto cognitivas como de comportamiento, que pueden estar fuera de sus posibilidades, si no se les ofrecen las herramientas o los recursos necesarios para alcanzarlas.